





Mientras fotografiábamos espuma cerca de Boca do Inferno, un revisor bromeó al ver nuestras botas salpicadas: “Ese billete también incluye sal”. Reímos juntos, tomamos el siguiente tren y aprendimos que los horarios toleran desvíos felices cuando el mar dicta maravillas.
La ruta se volvió rugido. El viento tumbaba trípodes y la lluvia punteaba la piel. Decidimos atajar hasta la estación más próxima; el bar del andén ofrecía caldo y mapas mojados. Allí trazamos alternativas, compartimos mesa, y salimos después con respeto renovado.
Junto al talud, un geólogo jubilado señaló estratos y explicó pausadamente cómo los trenes y el mar recitan tiempos distintos pero complementarios. Nos recomendó esperar la marea precisa antes de cruzar rocas. Esa pausa nos regaló reflejos perfectos y un regreso sin sobresaltos.